No soy personalista, pero admito las excepciones. Norman Borlaug (1914-2009) fue excepcional.
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Pesadillas ajenas
Están acusando a un niño del asesinato de otra persona. Estamos en otro tiempo y lugar, en otra cultura. La principal acusación viene de otra niña que si bien no vio cometer el crimen, tiene demasiado miedo para volver a desafiar sus creencias. El niño acusado (con el cual me identifico de cierto modo, por más que no sea yo) apela a la niña y, fallido el intento, al juez. La única manera que tiene de probar su inocencia es transmitir un sueño a través del tiempo que afecte a todas las personas de hace cincuenta años, influenciando el futuro (es decir, el presente) y evitando así la acusación. Empiezo a ver este sueño, que en realidad es una pesadilla, como un espectador voluntario. Es por eso que no siento miedo, porque en realidad, estoy viendo lo que los demás ven, no lo que yo mismo veo.
El sueño en sí es una colección de imágenes levemente perturbadoras con la presencia casi constante de una persona con cara de villano, pelado y con el ceño fruncido. Una imagen se acerca y es luego reemplazada por otra un poco distinta, cada vez más pesadillesca. Admiro el sueño como admiro cualquier sueño bien hecho en una película. Al terminar el sueño -y despertarse los soñadores-, comienzo a ver las cosas como si estuviera en una película en blanco y negro de los años ’40, de esas que tenían diálogos elaborados e imposibles. Al parecer, todos los hombres del mundo han tenido la misma pesadilla. Es interesante que las mujeres estén excluidas, pero nuevamente, es una película de los años ’40, y las mujeres supuestamente no tienen impacto sobre el futuro.
Todos los hombres están aterrados por la pesadilla. Las mujeres, esposas y mucamas, corren a auxiliarlos. Al comienzo los hombres pueden moverse, pero luego parece que están postrados en sus camas. Entro a una habitación en particular, y veo que la mucama va a irse a buscar algo. Pero las cosas han cambiado. Abre una puerta y descubre que solo hay pared del otro lado. Abre otra y sucede lo mismo. Le ayudo a abrir una tercera, pero sé que esa puerta la llevará a otro mundo, un mundo terrible y en colores, no aquél al que quiere ir. Ella también lo intuye. Una vez que sale sostengo la puerta abierta y le doy la oportunidad de regresar: “¿Salís o te quedás? ¿Salís o te quedás?”
-Está bien, salgo.
Ahí yo cierro la puerta.